Aquella tarde de domingo la habitaciΓ³n olΓa a tierra mojada.
La luz de lo que empezaba a ser un atardecer mΓ‘s de verano, iluminaba tΓmidamente nuestros cuerpos jadeantes despuΓ©s de ahogar el deseo.
Camino de besos suaves dibujabas por todo mi cuerpo, comenzando por los pies y escalando lentamente por cada una de mis curvas hasta llegar a la cima de mi boca.
No fueron uno, ni dos, ni tres los besos que dejaste en mis labios hinchados y rosados por la excitaciΓ³n del momento. Nunca eran suficientes y siempre me regalabas miles de cientos.
Yo me dejaba hacer, cerraba mis ojos y activaba el sentido del tacto sintiendo en cada poro de mi piel, tu respiraciΓ³n.
- Tenemos un problema- susurraste mirΓ‘ndome a los ojos.
No quitΓ© la mirada esperando que continuaras, viΓ©ndome a mi misma en el reflejo de tus ojos verdosos. Y asΓ, tras hacer una pausa volviste a hablar.
- Y es que siento que te quiero. Que te quiero, pero no como se quiere a una amiga. Y eso es un problema.
La ternura de tus palabras dibujaron en mi una pequeΓ±a sonrisa. Y sin mΓ‘s, mis ojos comenzaron a vidriarse lentamente sin quitarnos la mirada.
En aquel preciso momento no sabΓa por quΓ© mis ojos aguardaban lΓ‘grimas que no se atrevΓan a correr por mis mejillas.
Desde hacΓa poco mΓ‘s de dos aΓ±os, mi corazΓ³n latΓa mΓ‘s lento, y sanaba por dΓas. Ausencias de sentimientos verdaderos que lo hicieran acelerarse, pero hoy, tras esa confesiΓ³n algo hizo clic en mΓ. Algo que me impulsΓ³ a tocarte el pelo con la yema de mis dedos y a decirte en voz bajita:
- Eso no es un problema.
HabΓan sido numerosas las ocasiones en que los “te quiero” eran como la guinda de un pastel que solΓamos comer juntos, pero hasta esa tarde, nunca antes habΓa sentido que me hablabas con tanto corazΓ³n. Y estΓ‘ claro que aΓΊn el mΓo, no se atreve a responder.