30 nov 2012

Con los cinco sentidos


Paseábamos por las calles de la cuna del romanticismo a nuestros ojos, ya previamente alertados de que lo que nos encontraríamos, en un momento u otro  al doblar la esquina, era una fuente de grandes dimensiones dotada de cierto magnetismo y magia.

Llevábamos toda la mañana desde bien temprano, tras el desayuno romano en Píccolo Bar, descubriendo rincones hermosos de Roma ayudados por nuestro mapa.
Aquel podía ser uno de los días con los que más ilusión me disponía a caminar por sus calles.

Había oído hablar mil veces de aquella fuente, de su historia mitológica que aguardaba durante años, de la famosa tradición de turistas nada más llegar a ella…que deseaba estar justo delante y contemplarla esta vez con los cinco sentidos.

Llegaría a descubrir detalles que en fotos es imposible, podría escuchar el sonido del agua chocando con cada una de las figuras que la forman, sentiría el frío del mármol en mis manos al apoyarlas, descubriría a qué huele el espacio más cercano a ella y podría terminar por descubrir el sentido del gusto saboreando un helado de nocciola y pistachio mientras veo pasar a la gente sentada cerca de aquella fuente.

Cogidos de la mano, él me alertaba de la proximidad a la que nos encontrábamos de la fuente. La ilusión se iba apoderando de mí a medida que avanzamos.
Eran numerosos los restaurantes, que a derecha y a izquierda, ocupaba el camino. Alertaban de las riquísimas pizzas en forno di legna, de las ensaladas verdes con queso burrata…el olor era incesante y provocaba que el apetito siempre estuviera presente a cualquier hora del día.

A pesar de la multitud de turistas que paseaban y descubrían la ciudad al mismo tiempo que nosotros, disipamos la esquina. Giramos la mirada hacia la izquierda sin ver nada aún y el fuerte sonido del agua nos dio la pista definitiva.



24 nov 2012

Coloridos escaparates

Una noche fría y cubierta por el manto blanco de la nieve, estaban las calles iluminadas por las tenues luces de las farolas mientras la gente paseaba en familia disfrutando de las mágicas fechas de la Navidad.
El olor a castañas asadas, de humildes vendedores ocupaban las aceras de adoquines grisáceos, las chimeneas echaban humo, coros navideños entonaban los más conocidos villancicos a la espera de la caída de monedas sobre sus sombreros, se podía ver cada una de las pequeñas tiendecitas, decoradas para la ocasión con luces de colores, muérdagos y algún que otro árbol de navidad, esperando a que los clientes traspasaran sus puertas e hicieran negocio.
Abundaban las tiendas de juguetes que recibían a la mayor parte de la clientela. Sus escaparates coloridos aguardan todo tipo de juguetes, esperando a estar entre los brazos de cualquier pequeño. Muchos eran los niños y niñas que se acercaban y llegaban a entrar con caras ilusionadas, para elegir la muñeca con el vestido más bonito o el trenecito más veloz.
Todos los años en la misma fecha, una niña pelirroja se asomaba y miraba con detenimiento, a través del cristal polvoriento de una pequeña artesana juguetería salvada de las grandes multitudes y agobios, sus triciclos de madera y sus marionetas sencillas de dos colores.
Apoyaba sus manos gorditas abiertas sobre el cristal y acercaba su carita redonda de mofletes rosados, llegando incluso a entrar en contacto su nariz pequeña, con el frío cristal.
Con los ojos azules bien abiertos, pestañeaba tan solo cuando era necesario con aquellas largas pestañas rojizas, para no perder detalle.
Siempre acudía cada tarde de invierno, vestida con leotardos de color marrón, falda de cuadros y una camiseta de mangas largas que alternaba cada día con un color distinto, escondida debajo del mismo abrigo de lana celeste.
Protegida siempre su cabeza, con un gorro orejero de color gris, a juego con una bufanda del mismo color que le rodeaba 3 veces su cuello, salía de su casa a la misma hora para ver cómo el viejecito dependiente le daba la vuelta al cartel de la puerta para indicar, un día más de la Navidad, que su tienda estaba abierto. Jamás se había atrevido a pasar del umbral de la puerta y hacer sonar las pequeñas campanas doradas, que avisaban de que alguien entraba.
Un año tras otro, el dueño de la juguetería consiguió que aquella dulce cara se le grabara en la memoria. Le gustaba observarla desde su taburete de tres patas, justo detrás del escaparate, desde el cual tallaba sus figuras. Nunca habían cruzado mirada, nunca habían intercambiado palabra…pero ella siempre volvía a la misma austera juguetería, y eso él, lo admiraba.
En unas de las pocas corrientes tardes soleadas del invierno, la niña volvió una vez más a la tienda para volver a mirar tras el cristal. Fue entonces cuando escuchó la campana de la puerta sonar.
Tras el replique, pudo ver al viejo juguetero como se acercaba a ella con una bata blanca, sujetando una muñeca de madera entre sus débiles brazos. Se acercó a ella y extendiéndolos, la dejó caer sobre las manos, cubiertas esta vez por guantes, de la pequeña.
Con los ojos muy abiertos, dirigió la cabeza hacia arriba, lo miró y esbozó una amplia sonrisa que dejaba ver, las dos pequeñas paletas que aun le faltaban por salir.
El anciano, inclinó su cintura para acercarse a la cara de aquel angelito y le dijo:
-         Feliz Navidad princesita.

19 nov 2012

Una especie protegida

Al lado de la barra de madera oscura, con una taza de café aromando mi ropa, me disponía a leer otro de los numerosos artículos que por la carrera que elegí, me obligaban a leer, en la más frecuentada cafetería de todo el campus universitario, cuando un chico que pasaba detrás de mí me empujó con su torpeza e hizo que el café caliente terminará por derretir cada una de las letras de aquellos folios.
Con los ojos como platos apreciando aquel río que terminaba por volver ilegibles mi montón de folios, volví rápido la cabeza y allí lo encontré.
Vestía de deporte, con una sudadera azul marina y pantalón gris. El pelo estaba despeinado y en su mentón pronunciado lucía una barba de varios días.
Nada más mirarle, mis ojos apuntaron directos a un pequeño lunar justo encima de sus labios que lo hacían irresistible.
Pese a la torpeza con la que había llamado mi atención, acepté encantada sus numerosas disculpas y su invitación a otro nuevo café pero disfrutando ahora de su compañía.
No paró de hablarme ni un instante. Parecía nervioso y seguro al mismo tiempo. Como si ya me conociera de antes, no dejó a un lado ningún detalle de su vida. A penas podía hablar…no me quedaba más remedio que terminar por escucharle la infinidad de cosas que le gustaban hacer y los planes de futuro que tenía en su cabeza.
No obstante, era inevitable que por mi cabeza rondara otra pregunta, que ahora no era adecuado preguntar…pero que sin duda era muchísimo más interesante.
¿Tendría novia? No lo parecía, tenía pinta de un chico ligoncete y sin ataduras, queriendo experimentar antes de llegar a enamorarse de una chica y que ya no tuviera ojos para ninguna otra. Aun así su atractivo no dejaba indiferente a cualquiera...quién sabe…
Seguía sacando mis propias conclusiones cuando me tocó el hombro mientras me preguntaba:
-         ¿Cuál me has dicho que era tu nombre?
Gracias a Dios que mis oídos identificaron aquel tono de pregunta y pude salir de aquella nube en la que me había inmerso yo solita, mientras él no paraba de hablar y hablar.
Le conteste aún un poco aturdida y sin poder decirle nada más, se despidió de mi con una amplia sonrisa en su cara y dándonos dos besos en las mejillas.
-         Eres encantadora…me ha gustado mucho hablar contigo. Me apetece verte más…dejemos que el destino decida. Hasta luego Carola.
Sin más se marchó.
¿Perdona?  “Dejemos que el destino decida”. Pero este tío es ¿tonto?
No podía salir de mi asombro. Ya no existían hombres así…románticos.
De esos que se pueden pasar la noche haciéndote un masaje en los pies porque después de una noche fantástica de fiesta, en la que tú, ideal, te calzas unos tacones de 14 cm así como la que no quiere la cosa. O de  esos que te despiertan con el aroma a pan tostado con mermelada  y mantequilla en la cama. De los que son capaces de no quedarse dormidos justo después de una apasionada noche, porque quieren abrazarte entre sus fuertes brazos. Los hombres que te invitan al cine sin tener que pasar por la incómoda situación de a ver quién maldita seas paga la cara entrada. Los que en la primera cita te acompañan hasta casa y en la puerta de dan ese dulce beso de las películas americanas que deja con ganas de más a cualquiera…
Ese tipo de hombres están en peligro de extinción, una especie protegida. Pero aquella frase de despedida, me dejó descolocada y más cautivada aún por sus encantos.
Los días no pudieron pasar de otra forma. Me parecía estar volviéndome loca. Lo buscaba siempre a la misma hora en la misma cafetería.
No sabía realmente en qué podría desembocar aquella conversación que mantuvimos aquella tarde…pero era la curiosidad y las ganas de vivir una típica película de Hollywood, las que me hacía buscarle en no sé dónde y no sé cuándo. La torpeza con la que lo escuche aquel día, preocupándome más por cuántas arrugitas se le formaba en su entrecejo al reírse, que por lo que realmente me contaba, hacían que no tuviera ninguna pista a la que aferrarme y por lo tanto tendría que dejar las cosas en manos del destino…
Empezaba a odiar aquella palabra y aquella idea de que no podría controlar mis propios pasos si aquel destino existía.
Seguía acudiendo a clase aquel largo otoño…ya ni siquiera recordaba aquel misterioso lunar, aquella voz grave que no paró ni un segundo de hablarme, aquel pelo despeinado…se iban olvidando detalles y me iba olvidando de pensar en él y preocuparme por mirar atenta a cada ratito de la vida.
Volvía a casa, un jueves más, andando con mis inseparables cascos de música en mis oídos. Aquel día no quise cambiar de camino, deseaba llegar lo antes posible y darme una ducha de agua caliente para relajar mis músculos, por esa razón había salido de clase un cuarto de hora antes y mi paso era más acelerado de lo habitual.
Inmersa en el ritmo de la música, que me hacía caminar por la acera como si de una pasarela de moda se tratara, tropecé con una loseta sobresaliente que provocó que la modelo perdiera el equilibrio y cayera al suelo delante de todos aquellos flashes.
Avergonzada, miré para todos los lados para asegurarme de que no había testigos de mi gran torpeza y así poder levantarme lo antes posible del suelo. Me sacudí el polvo de la calle que se apoderó de mi pantalón negro por unos instantes, y levanté la mirada hacia el frente cuando ahí estaba él.
Una vez más vestido de deporte. Con la misma barba, el mismo corte de pelo…como si no hubieran pasado los días y estuviéramos en aquella cafetería.
Nerviosa recogí los auriculares del suelo y los guardé en el bolso. No fui capaz de pronunciar palabra…esperé a que él dijera algo después del numerito de la caída.
-         Te veo muy guapa- me dijo con aquella voz que por fin volvía a escuchar- ¿Quieres ir a tomar un café? Esta vez prometo dejarte hablar…la otra vez no paré ni un segundo.
-         La verdad es que me apetece…hace tiempo que no te he vuelto a ver después de tu torpeza con el café.
-         Ya he visto que no soy el único…- se le arrugaba el entrecejo y podía volver a contar las 5 arrugas que se le formaban- ¿Estás bien?
El destino y yo estábamos mejor que nunca.
 

13 nov 2012

Un viejo lazo rosa

Carol era una niña de 5 años. Su pequeña estatura hacía que su madre tuviera que cogerle el dobladillo a todos sus pantalones vaqueros y a sus muchos vestidos de distintos colores y texturas que a ella, presumida, siempre le gustaba llevar.
No había ninguna mañana en la que Carol, con voz chillona no le pidiera a su madre que le pusiera el mismo lazo rosa de siempre.
-         ¡¡Mamá!! – gritaba siempre desde el cuarto de baño
Aquel lazo fue su primer regalo de cumpleaños que le hizo su padre junto a una muñeca, un yoyó, una piruleta…siempre había sido una niña mimada, sobre todo por su padre, que la adoraba. Para él, ella era su princesa de cuento.
Desde aquel primer cumpleaños hasta hoy habían pasado 5 años…y aquel lazo ya no era el mismo. Su color se había deteriorado pasando a tener un tono pálido, costaba diferenciar si aquel especial lazo era rosa o blanco  con aire rosado. Por sus extremos se intuía el paso del tiempo pues eran muchos los hilitos que sobresalían de él y que ponían en peligro su larga vida. A pesar de eso, la pequeña niña seguía teniéndole mucho cariño y deseaba nada más levantarse de un brinco de su cama colocárselo en su melena morena.
Vivían en familia en una pequeña casa situada a las afueras de una ciudad tampoco muy grande. Una pequeña casa de dos plantas con grandes ventanales, un jardín trasero perfecto para los días soleados de verano, y con una típica e indispensable bandera americana junto a la puerta de entrada.
Su madre, morena y de ojos verdes se dedicaba a vender flores en una pequeña floristería, propiedad suya, en el centro de la ciudad, y su padre, era soldado destinado a cualquier país en guerra en cualquier inoportuno momento.
Por desgracia eran pocos los momento que Carol y su madre podían pasar junto a su padre, el trabajo le requería mucho tiempo fuera de su hogar y eran muchas las ocasiones especiales en la que Carol echaba de menos que él estuviera con ella.
Su lazo rosa era una especie de tesoro y amuleto para ella. Llevarlo siempre en el pelo era como reducir la distancia que los separaba, y sentir de alguna manera que su padre estaba junto a ella.
A pesar del duro trabajo de soldado y de lo que eso suponía, su padre intentaba estar siempre en sus cumpleaños. Él sabía que para su pequeña hija aquel día era especial y que por todos los medios debía intentar estar allí para ver como sus gorditos mofletes se inflaban para soplar con fuerza la llama de las velas de la tarta mientras, en sus ojos, se veía el deseo pedido.
Un día más de la alegre primavera la suave mano de la niña agarraba la de su madre, mientras ambas paseaban por el parque después de que Carol, saliera del colegio.
Faltaban tan solo unas semanas para que Carol creciera un poco más y pudiera poner en su mano derecha e izquierda un total de 6 dedos a la pregunta de:
-         ¿Cuántos cumples?
Le gustaba escuchar aquella pregunta que tantos adultos le hacían con una sonrisa. Para ella significaba que se estaba haciendo una niña grande y que un año más su padre volvería de algún remoto lugar para estar con ella.
Llegaron a la zona de los columpios cuando Carol, soltó la mano de su madre y corrió hacía un grupo de niños un poco mayores que ella para empezar a jugar con ellos.
En ese instante su madre, que se había sentado en un banco del parque cercano a donde Carol corría de un lado para otro, recibió una llamada de teléfono.
-         ¿Sra. Milton?
Su cara se cambió por completo…solo un grupo de personas la llamaban por el apellido de su marido, y la mayoría de esas veces no eran para darle buenas noticias, sino para comunicarle que le alejaban a su marido o algo peor que nunca se atrevió a pensar.
-         Su marido debe permanecer algún tiempo más en Paquistán para continuar con su oficio militar…aún no se sabe el tiempo límite…pero Sra. Milton, debe tener paciencia.
En el rostro de la mamá de Carol ya se veía aire de preocupación, pensó que a tan solo unas semanas del cumpleaños de la pequeña y con dudas de que su marido pudiera asistir a la fiesta de cumpleaños, no dudó ni un segundo en que lo primero que debería hacer sería buscar un regalo de cumpleaños para Carol que pudiera ocupar o distraer la ausencia de su padre…una tarea difícil pero lo primero que se le vino a la mente fue aquel lazo rosa.
Los días previos al sexto cumpleaños de Carol pasaron lentos para ambas. La pequeña aun no sabía nada, su preocupación giraba en torno a qué tarta comprar, qué vestido ponerse para su fiesta, a qué amiguitos invitar…Pero para su madre todo era más complicado, debía disimular emociones y sentimientos que cada vez eran más difíciles. Las numerosas preguntas de su hija sobre cuándo volvería su padre eran cada vez más pesadas de contestar.
Al fin el día de Carol llegó. Esa mañana se levanto nerviosa y ansiosa. Su madre ya le había contado que quizás su padre llegaría más tarde a la fiesta…pero aquella no era una verdad completa, aún no había mencionado que él no asistiría, por primera vez. Tampoco su madre se atrevía, en algo confiaba para pensar que en cualquier momento su marido vestido con aquel uniforme de tonos verdes, con su macuto en el hombro derecho y con aquella marca en su labio inferior llamaría al timbre de su casa y abriría la puerta para encontrar al amor de su vida y al de su hija entre aquellas paredes de su hogar.
Ya Carol en casa con su madre, después del especial día de colegio con sándwiches y golosinas para todos los niños de su clase, llamaron a la puerta.
Ding- dong
Carol corrió hacia la puerta, alcanzó el pomo de la misma, con el taburete que le regalaba 5 cm más de altura,  lo giró hasta conseguir que los rayos del sol atravesarán la entrada y abrió los ojos.
 
 

 

6 nov 2012

Aire fresco

El agua cristalina de la playa me hacía sentir protegida ante las misteriosas criaturas que habitaban en aquellas aguas de la costa de Grecia.
Mi espíritu por sentirme libre me llevaron hasta allí pese a mi temprana edad, pero algo en mi interior me pedía a gritos que escapara de aquella ciudad inmersa en humo, ruido e indiferencia.
Decidí iniciar mi nuevo camino. Esta vez sola. Tantas eran mis ganas de volar que no me importó el idioma, la comida o el peligroso tiempo que pudiera tener especial protagonismo en determinadas épocas del año.
Dejé atrás personas, sentimientos, recuerdos...tan solo viajó conmigo una maleta llena de documentación, algo de ropa veraniega, mi amuleto de la suerte y muchas ilusiones.
Ahora me encontraba aquí.
Una isla desierta, al otro lado de mi antiguo hogar, esperando a que algo grande me pasara.

5 nov 2012

Una historia de amor

Todos los días, Luca conseguía que los dos enamorados se encontraran en el mismo sitio y casi a la misma hora.

La relación entre los dos amados era idílica. Él, sin ella no era nada, y ella sin él tampoco.
Para propiciar los encuentros entre los dos inseparables enamorados, Luca planeaba a la perfección la escena. En su cabeza estaba todo diseñado  y solo necesitaba pensar bien los actos para que todo fluyera por sí solo.
La chispa entre ambos prendió una mañana cualquiera y rutinaria de Luca.
El celestino se despertó un día más, temprano. Se aseó y se vistió como todos los veranos para bajar al  pequeño bar de enfrente del portal de su  piso situado en las céntricas calles de Roma, y tras el cappuccino,  cremoso de siempre…volvió a su estudio, al sillón burdeo vintage situado junto al ventanal del salón y desde allí, comenzó todo.
Daba igual la hora que fuera, para Luca siempre existía unos minutos o incluso unas horas perfectas, para propiciar el encuentro entre sus dos amigos. No hacía falta mucho esfuerzo, pues ya, entre los dos protagonistas principales de esta historia, existía una atracción. Los dos necesitaban el uno del otro, pero Luca también necesitaba que aquella historia de amor fuera como el mejor cuento de hadas.
 
Pero el tiempo pasaba…aquel verano dejó en Roma las temperaturas más altas de toda Italia, y el otoño más triste, provocando la inevitable caída de las hojas que adornaban los árboles de la ciudad.
 
El invierno caló, congeló el agua de las numerosas fuentes de la ciudad eterna y enfrió los sentimientos de aquel joven enamorado. Luca intento que aquella chispa que un día prendió, en aquellos dos corazones jóvenes, nunca se apagara…pero el tiempo hacia mella.
 
Tarde o temprano…por el paso del tiempo, o de la vida…la tinta de la pluma de Luca terminaría por dar sus últimos trazos sobre las suaves hojas de su cuaderno de piel.