Paseรกbamos
por las calles de la cuna del romanticismo a nuestros ojos, ya previamente
alertados de que lo que nos encontrarรญamos, en un momento u otro al doblar la esquina, era una fuente de
grandes dimensiones dotada de cierto magnetismo y magia.
Llevรกbamos
toda la maรฑana desde bien temprano, tras el desayuno romano en Pรญccolo Bar,
descubriendo rincones hermosos de Roma ayudados por nuestro mapa.
Aquel
podรญa ser uno de los dรญas con los que mรกs ilusiรณn me disponรญa a caminar por sus
calles.
Habรญa oรญdo hablar mil veces de aquella fuente, de su historia
mitolรณgica que aguardaba durante aรฑos, de la famosa tradiciรณn de turistas nada
mรกs llegar a ella…que deseaba estar justo delante y contemplarla esta vez con
los cinco sentidos.
Llegarรญa
a descubrir detalles que en fotos es imposible, podrรญa escuchar el sonido del
agua chocando con cada una de las figuras que la forman, sentirรญa el frรญo del
mรกrmol en mis manos al apoyarlas, descubrirรญa a quรฉ huele el espacio mรกs
cercano a ella y podrรญa terminar por descubrir el sentido del gusto saboreando
un helado de nocciola y pistachio mientras veo
pasar a la gente sentada cerca de aquella fuente.
Cogidos
de la mano, รฉl me alertaba de la proximidad a la que nos encontrรกbamos de la
fuente. La ilusiรณn se iba apoderando de mรญ a medida que avanzamos.
Eran
numerosos los restaurantes, que a derecha y a izquierda, ocupaba el camino. Alertaban
de las riquรญsimas pizzas en forno di legna, de las ensaladas verdes con queso
burrata…el olor era incesante y provocaba que el apetito siempre estuviera
presente a cualquier hora del dรญa.
A
pesar de la multitud de turistas que paseaban y descubrรญan la ciudad al mismo
tiempo que nosotros, disipamos la esquina. Giramos la mirada hacia la izquierda
sin ver nada aรบn y el fuerte sonido del agua nos dio la pista definitiva.

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