7 abr 2019

Qué fácil

Disimulas como si nada mientras ella me habla. Es típico ser simpático en este tipo de incómodas situaciones. No estoy segura del todo quien de los tres se llevaría la estatuilla. Desde luego, yo que he visto esa cara cientos de veces, diría que tú. 

A ella, por supuesto no la conozco. Solo sé que es morena, un poco más alta que yo y delgada. Su sonrisa no es su fuerte, pero sus ojos verdes son bonitos. Quizás haya sido eso lo que te gustó e hiciera que la conocieras. O no sé, quizás ya entablabais conversación en el trabajo y del roce se pasa al cariño y de ahí a salir a almorzar un domingo al mediodía dándoos arrumacos sin prestar atención al resto de la gente hasta que me viste andando por la misma acera. 

   Te tocas la nuca con la mano izquierda. Esa que te queda libre, porque la derecha, te la sujeta ella como lo hacía yo cuando paseábamos por las calles de Madrid. Tus ojos no paran de observarme y ojalá pudiera saber qué te ronda por la cabeza en estos instantes.
   Hace un año hubiera acertado, pero después de este tiempo, no pondría mi mano en el fuego. No ahora que somos... casi perfectos desconocidos con un pasado en común. Pasado para mí no tan lejano. 

    • Sí, bueno...no tenía nada en la nevera y me apetecía salir a comprar algo de sushi.
   Dicen que cuando más desaliñada vas por la calle, vistiéndote con lo primero que encuentras en el armario, la probabilidad de encontrarte con la persona que menos querrías ver en la faz de la Tierra, se multiplica por diez. Confirmado. 

    • No sabía que te gustaba. Nosotros hace una semana probamos un sitio nuevo en el centro. Algo como Sibu...

    • ¡Ains sí! ¿Es Sibuya, Pablo? - lo dijo tan entusiasmada que le quedó hasta repelente 

   En este momento yo me bajo de la vida. Nosotros. Ósea ella y tú. No sueltas su mano y seguro que maneja los palillos nivel experto.

   Yo. Con moño y sin ni siquiera máscara de pestañas. Llevando una bolsa de sushi barato, y pensando en el tenedor que está esperándome en el cajón de la cocina. 
    • No me suena creo, pero me lo apuntaré para ir a probarlo. Seguro que está  más rico  que el de mí bolsa. - y río de forma exagerada sin encontrar balance entre nervios y vergüenza. 

   Te cansas de la escena. Miras el reloj y le recuerdas mirándola que llegaréis tarde. 
No llevo la cuenta pero puede que el momento “tierra trágame” lleve más de cinco minutos, o simplemente que ya la situación no se sostiene por sí sola.  

Ella no quita la sonrisa de la cara, tú sigues mirándome, y mi cabeza solo piensa: derecha o izquierda?; derecha o izquierda.
Estoy segura que terminaría poniéndole más delirio a la situación si ahora al despedirnos me chocara con alguno de los dos. Ya puestos, preferiblemente ella, no quiero saber qué pasaría si vuelvo a tocarte. 
    • Cuídate Jimena.   

Qué fácil decirlo Pablo. 










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