Embriagados por las copas de vino, nos tendimos en el colchón bajo un cielo de estrellas.
Las nubes no aparecieron aquella madrugada. Solo la luna creciente y cada uno de los pequeños puntitos en el cielo que brillaban con intensidad en la oscuridad.
Mirando hacia arriba, me pasaste tu brazo por el cuello para así pegar, aún más, mi cuerpo al tuyo.
Con la vista en el cielo y el corazón en el suelo, nos hacíamos pequeños ante aquella belleza inesperada.
Mis ojos observaban sin descanso a la espera de aquel rastro de polvo desvaneciéndose a gran velocidad.
Mientras tanto, no había palabras, solo pequeñas caricias dibujadas en nuestras manos entrelazadas.
Tus labios besaron mi frente antes de que cerraras los ojos cansado. Yo aguardé mirando, sin pensar qué pediría si la viera aparecer, fugaz, brillante y única. Esperé hasta que el sueño me invadió por completo. Sin deseo verbalizado.
Quizás en ese momento de cerrar los ojos rendida, apareció. Y ella, finita, desprendió su magia por aquel cielo estrellado de un día de verano.