12 ene 2013

Ganas en la maleta

Fundiendonos en un beso bajo las estrellas,pusimos punto y seguido a nuestra historia de amor.

Pondría tierra de por medio por solo unas cuantas semanas con las ganas, en mi maleta, de volver y ser besada en los labios.

Solo como él sabe. Solo como yo lo siento.

8 ene 2013

La colección de besos


Con cara serena y sentado en su butacón de piel marrón situado justo al lado del ventanal de la habitación, repasaba en su cabeza todos aquello momentos que compartió con la que hace tan solo 2 semanas había sido su mujer, su preciosa mujer.

Solo cuando llega el final de una historia, el ser humano se pregunta cómo empezó todo y qué hemos hecho para provocar que se termine.

Mario encendió la llama de aquel amor, invitando a Marga a cenar una noche más de verano. Bastaron pocas horas, para que entre ambos, saltara la chispa del deseo,  y terminaran compartiendo copa de champan y pasionales besos.
Las armas de seducción de Mario, fueron calando poco a poco en el corazón bien entrenado de aquella mujer morena de curvas exuberantes. Para la próxima primavera floreciente, la parejita ya había dado un paso mayor de valentía, prometiéndose amor eterno.
Ahora, junto aquel ventanal, por donde los rayos de sol parecían iluminar una fotografía de ambos, Mario secaba sus lágrimas con la manga de la camisa. La camisa que Marga le regaló en Navidad y que él en su momento, rechistó por el color verde odioso de la tela.
Suena el teléfono.

-         - Diga?
-        -  Mario…

Reconocida la voz de Marga, se reincorpora y se adecenta como si ella pudiera verle a través del auricular.

-        -  Sí, dime
-       - Siento que tengamos que arreglar los problemas de nuestro matrimonio, que un día fue, de esta forma…pero no me lo pones fácil.
-        -  Es difícil ponerlo fácil, cuando aun tengo sentimientos hacia a ti…
-         -Por favor, no sigas por ahí. Solo te llamaba para…bueno, es igual. Nos vemos el jueves Mario. Cuídate.

Con un helador cuídate, Marga se despide de Mario arrepentida por haber hecho aquella llamada, cuando de fondo se escucha la voz de un joven treintañero. Un guaperas que consiguió arrebatarle de sus brazos a la mujer que más que quería.

Terminada la conversación telefónica más fría y corta que recuerda jamás, vuelve a acomodarse para cerrar los ojos.


-     - Soy coleccionista de canciones Marga. Me encanta la música y creo que soy una de las pocas personas a las cuales le encanta su trabajo.
-       -  Pues yo soy coleccionista de besos.
-       - ¿Coleccionista de besos? Pero ¿qué tontería es esa Marga?
-      -  No es ninguna tontería…tengo guardado bajo llave todos los besos que me he dado en mi vida y cada uno de ellos son diferentes y cada uno de ellos tiene una cosa especial.
-       -  Buah! Como se nota que tienes demasiado tiempo libre cariño… A ver, dime uno de los besos que tengas guardados.
-     - Déjalo Mario, no me lo preguntes para que me sienta mejor. Lo seguiré guardando en secreto. Cuando realmente quieras saberlo me lo preguntas.


No es el primero ni el último recuerdo que a Mario se le viene a la cabeza. Tiene mucho tiempo para pensar y aunque no quiera siempre vuelve ella a su mente para recordarle una vez más, que descuidó lo que debe ser cuidado todos los días a cada momento.

Aquella noche en la que juntos preparaban la cena, recuerda perfectamente como Marga sacó el tema de la colección de besos guardados, y que ella escondía en algún lugar. Reconoce ahora que no le prestó atención, ni siquiera dejó que se explicara y tampoco se interesó para saber de qué iba aquello.

Ahora ansiaba por saber qué era aquello de los besos, y sobre todo cuál era su colección personal. Sabía que después de  años de matrimonio, debía de tener alguno guardado en la que él y ella, juntos, fueran los protagonistas. Algún beso que ella considerara importante, especial, y por ello debía de ser guardado.

Lo que Mario no sabía de toda esta historia, es que su mujer, guardaba cada uno de los tipos de besos que entre ambos se daban en algún momento del día. Los había de todas las clases y de todos los gustos.

Marga los depositaba en un tarro de cristal que escondía en uno de los cajones de su cómoda. Eran simples papelitos amarillos con un nombre y una breve descripción de cada uno de ellos por detrás.

Después de años de matrimonio, Marga coleccionaba más de 30 tipos de besos en secreto a expensas de un día ser desenfrascados para compartirlos con la persona que había protagonizados la completa y absoluta totalidad de ellos.



11 dic 2012

Entre copas

Una noche de domingo, agobiado por el caso que me traía dolor de cabeza durante semanas, decidí salir del ático para despejarme y bajar a aquel bar de karaoke. Podría despejarme, y quizás volver mañana a la rutina de otra manera.
Debido a mi profesión como abogado, siempre era cuidadoso con el vestuario, pero para esta noche y a estas horas, decidí ponerme un jersey cualquiera y unos vaqueros oscuros, con unos botines desaliñados.
Sin más, salí del ático y comencé a pasear por las calles de la ciudad en busca de aquel bar, que no quedaba muy lejos, a tan solo dos manzanas.
Para asombro, el bar estaba lleno. Miles de personas se agolpaban en la puerta no dejando casi entrar. Arrepentido por aquella elección, me dejé llevar por la masa de gente que me llevaban hacia el interior.
Miraba hacía un lado y a otro intentando dar una buena razón a tanto aglomeración. Hombres  y mujeres que parecían expectantes antes lo que iba a suceder y que yo no sabía de qué se trataba.
Decidí acercarme a la barra y por fin beber algo. Camareras exuberantes se encargaban de servirlas, era puro negocio. Guapas, te sonreían y te preguntaban qué ibas a beber.
Esperé largo y tendido a que alguna de esas señoritas me atendiera y por fin una de ellas se dirigió a mí cuando, alguien me rodeó por detrás con sus brazos por el cuello y gritó cerca de mi oído:
-         ¡Ronda de chupitos para este chico tan guapo y para mí!
Casi sordo, giré la cabeza y descubrí una carita redonda y con una sonrisa de oreja a oreja. Sus ojos eran marrones oscuros, casi negros. Mofletes que ocupaban gorditos casi toda la cara y larga melena que caía suavemente por su rostro, cuello y hombros.
Me iba a dirigir a ella para explicarle que aquello no era buena idea cuando extendió uno de sus brazos, cogió uno de los chupitos y de un sorbo, echando la cabeza hacia atrás, se lo bebió.
Atónito no hice nada.
Volvió a extender su brazo para soltar su vaso y coger el otro que llevaba mi nombre. Me lo acercó a mi mano derecha y al ritmo de:
-         ¡Bebe, bebe, bebe! - entre gritos dando golpes en la barra.
Imité su movimiento y con la cabeza hacia atrás me lo bebí de un solo trago.
No fueron solo uno, ni dos, ni tres…al quinto ya había perdido la cuenta.
Entre trago y trago propuso hacer un juego. Ella me haría una pregunta y yo tendría que beberme aquel chupito y luego contestar, diciendo eso sí, la verdad. Luego a mi me tocaría preguntar y ella contestaría.
Sin importarme las preguntas que pudiera hacerme, sino tan solo preocupándome por cómo podría volver a casa después de tantos chupitos, comenzamos a jugar.
***
Con el sonido desagradable del despertador, Jerry abría los ojos con cierta incomodidad e intentaba mover con cierta molestia su brazo derecho para poder así alcanzar a parar la alarma que había interrumpido su profundo sueño de un rutinario lunes más.
La habitación sin ninguna señal de luz gracias a sus insistencias por cerrar las persianas y correr las cortinas, giró su cuerpo para acomodarse entre aquellas sabanas y en uno de los movimientos sintió el suave y caliente tacto de un cuerpo.
Aun torpe, disipó en la oscuridad una fina silueta situada justo a su lado y sin encender la luz intento averiguar qué era aquello.
Agudizó sus cinco sentidos para ir obteniendo pistas. Podía escuchar la respiración pausada, podía reconocer aquel perfume fresco que desprendía, podía tocar con sus manos aquella larga melena que descansaba sobre la almohada. Pero conseguía tan solo intuir una silueta de mujer…movido por la curiosidad volvió a colocarse de cara a la lamparilla, que ocupaba la improvisada mesilla de noche con unos cuantos libros de derecho, y apretó el interruptor.
La luz tenue amarilla de aquella lámpara dejó ver lo que parecía una evidencia. Encontró a un joven mujer de melena oscura envuelta tan solo por las sábanas de color morado que vestían la cama. Tan solo dejaban al descubierto su rostro dulce y redondo, su larga melena que en la oscuridad había tocado y su hombro izquierdo con numerosos lunares de color oscuro que adornaban su tersa piel.
Asombrado y aturdido por no recordar nada de lo que había pasado la noche anterior, decidió que era buena idea disipar dudas y aclarar ciertas cosas.
Intentando no hacer ruido ni movimientos bruscos que provocaran que aquella mujer abriera los ojos, Jerry levantó la sabana lentamente y miró por debajo de ella, descubriendo lo que temía. Los cuerpos desnudos de ambos tan solo con ligeras prendas de algodón tapando lo mínimo, daban la clave de una noche más de desenfreno que por causa de unas copas de más, era imposible recordar cómo había llegado a casa, qué había pasado entre esas sabanas y sobre todo…quién era aquella joven.
Volvió a apagar la luz, y decidió a oscuras salir de aquella habitación y pensar en algo. Esto le ponía nervioso.
Con lo puesto salió de la cama y de puntillas sobre el frío suelo del ático fue dirigiéndose a la puerta de la habitación. Apenas veía nada, pero los brazos extendidos hacia delante y las manos abiertas, le servían para ir palpando todo aquel objeto amenazante que pudiera producir ruido.
Más descuidado creyendo haber llegado, chocó con la pata de la cama dándose un golpe seco en la espinilla que provocó que hiciera un ligero amago de grito, pero que tan solo se quedó en la gran contenidas ganas y en un ligero moratón. Petrificado espero un par de segundos no fuera a que aquella chica se hubiera despertado…tras seguir escuchando aquella rítmica y suave respiración, corrigió el rumbo  y esta vez por fin alcanzo el picaporte de la puerta.
La abrió sin más y aprovechando la luz que entraba sin llamar en la habitación, giró la cabeza para volver la mirada a la cama y allí, la encontró de nuevo.

3 dic 2012

Aquel mirador...


El ambiente era cálido como de costumbre. Me disponía, una noche más de principios de otoño, a pasear y a perderme por las calles serpenteantes  y estrechas de la vieja ciudad.

Las farolas iluminaban sutilmente el camino de mis pasos. Se hacían notar cada uno de ellos, con el contacto de mis zapatos de tacón con cada uno de los adoquines grisáceos que daban forma a la calzada, que una vez atrás en el tiempo, fue romana y árabe.

Aquella ciudad marcada por la influencia de otras culturas, era bella por cada uno de sus rincones. Los naranjos colocados de forma lineal a ambos lados de la acera, aromatizaban el lugar donde me encontraba.

El color verde intenso de sus hojas y el color anaranjado de sus frutos, adornaban la fotografía que en ese instante tomé con mi propia cámara, teniendo de fondo la presencia de la luna llena en el cielo. Un cielo poco estrellado para no quitarle protagonismo a la dueña de la noche.
Continuando mi recorrido no perdiendo detalle, quise tomar un descanso y me dirigí a un especial mirador que anteriormente había escuchado hablar de él. Estaba en pleno centro.
Según me habían contado tenía unas vistas exquisitas. Sin dudarlo abrí mi mapa y localicé aquel misterioso mirador.

Me encontraba en una calle con casas a un lado y a otro, de gran altura que tan solo me permitía levantar la vista y ver el cielo. Y ahí estaba, el nº 9.
Para mi sorpresa leí un pequeño cartel a la entrada, que indicaba el nombre de un pequeño hotel. 
Un poco incierta por no saber si aquel era el sitio que yo estaba buscando, entré y pregunté a la señorita que se encontraba en recepción:

     -Disculpe me han dado esta dirección con la excusa de que hay un increíble mirador desde donde se puede ver la ciudad, pero no sé si es este el lugar exacto.

Tras plantearle mi situación, ella se dirigió a mí enseguida diciéndome:

-                    -  Coja el ascensor del final del pasillo y diríjase a la 4º planta. Allí lo encontrará.

Sin más y volviendo a dudar de las indicaciones que me dieron, subí en ascensor a la cuarta planta de aquel pequeño acogedor hotel.

Se abrieron las puertas del ascensor. No escuché nada. Aun con el cuerpo dentro, incliné ligeramente el tronco hacía delante para ver si así conseguía ver algo o a alguien. Nada.
Insegura por la situación salí del ascensor con pasos dudosos y seguí la dirección del pasillo. No había nada más que una puerta blanca, más adelante, con cristales opacos, tras la cual no podía ver absolutamente  nada. No existía ningún cartel que prohibiera el paso, ninguna cerradura que alertara de que pudiera estar cerrada, nadie en aquella planta que pudiera ayudarme o descubrirme…

Extendí mi brazo para coger el picaporte y lo giré suavemente. La puerta se abrió sin ninguna dificultad y pasé el dintel.
Una especie de patio  aguardaba detrás de aquella simple puerta. Un pequeño pasillo volvía una vez más a servir de guía, pero esta vez sin apenas visibilidad.
Sin saber dónde me había metido, avancé  mi pie derecho cuando una cadena de luces blancas se fueron encendieron de forma progresiva a lo largo de aquel camino y dejaron ver el suelo de piedra rojiza sobre el que me encontraba. Continué mi marcha ahora más tranquila y mirando cada instante a mi alrededor. Tan solo se dejaban ver tejados a dos aguas llenos de tejas viejas por el paso de los años, azoteas inmensamente grandes llenas con macetas o algunas cruces de iglesias.

De fondo podía oír ligeramente, un hilo musical. Era una especia de música relajante, pero ningún ruido que pudiera alertarme de presencia humana.
Obligada a girar, abrí los ojos sorprendida por la instantánea. Era este el mirador que yo andaba buscando y que torpe, había pensado no encontrar.

No lo dude ni un instante, encendí mi cámara miré por el visor y no dudé en apretar mil veces el disparador.

No podía perder aquella belleza colosal que guardaba, tanto en la noche como en el día, la Catedral y la Giralda vistas desde arriba tan solo iluminadas por ese color característico que le dan los numerosos focos que la iluminan desde los recovecos más profundos.
En aquel patio, tan solo estábamos nosotras y aquel hilo musical.

30 nov 2012

Con los cinco sentidos


Paseábamos por las calles de la cuna del romanticismo a nuestros ojos, ya previamente alertados de que lo que nos encontraríamos, en un momento u otro  al doblar la esquina, era una fuente de grandes dimensiones dotada de cierto magnetismo y magia.

Llevábamos toda la mañana desde bien temprano, tras el desayuno romano en Píccolo Bar, descubriendo rincones hermosos de Roma ayudados por nuestro mapa.
Aquel podía ser uno de los días con los que más ilusión me disponía a caminar por sus calles.

Había oído hablar mil veces de aquella fuente, de su historia mitológica que aguardaba durante años, de la famosa tradición de turistas nada más llegar a ella…que deseaba estar justo delante y contemplarla esta vez con los cinco sentidos.

Llegaría a descubrir detalles que en fotos es imposible, podría escuchar el sonido del agua chocando con cada una de las figuras que la forman, sentiría el frío del mármol en mis manos al apoyarlas, descubriría a qué huele el espacio más cercano a ella y podría terminar por descubrir el sentido del gusto saboreando un helado de nocciola y pistachio mientras veo pasar a la gente sentada cerca de aquella fuente.

Cogidos de la mano, él me alertaba de la proximidad a la que nos encontrábamos de la fuente. La ilusión se iba apoderando de mí a medida que avanzamos.
Eran numerosos los restaurantes, que a derecha y a izquierda, ocupaba el camino. Alertaban de las riquísimas pizzas en forno di legna, de las ensaladas verdes con queso burrata…el olor era incesante y provocaba que el apetito siempre estuviera presente a cualquier hora del día.

A pesar de la multitud de turistas que paseaban y descubrían la ciudad al mismo tiempo que nosotros, disipamos la esquina. Giramos la mirada hacia la izquierda sin ver nada aún y el fuerte sonido del agua nos dio la pista definitiva.



24 nov 2012

Coloridos escaparates

Una noche fría y cubierta por el manto blanco de la nieve, estaban las calles iluminadas por las tenues luces de las farolas mientras la gente paseaba en familia disfrutando de las mágicas fechas de la Navidad.
El olor a castañas asadas, de humildes vendedores ocupaban las aceras de adoquines grisáceos, las chimeneas echaban humo, coros navideños entonaban los más conocidos villancicos a la espera de la caída de monedas sobre sus sombreros, se podía ver cada una de las pequeñas tiendecitas, decoradas para la ocasión con luces de colores, muérdagos y algún que otro árbol de navidad, esperando a que los clientes traspasaran sus puertas e hicieran negocio.
Abundaban las tiendas de juguetes que recibían a la mayor parte de la clientela. Sus escaparates coloridos aguardan todo tipo de juguetes, esperando a estar entre los brazos de cualquier pequeño. Muchos eran los niños y niñas que se acercaban y llegaban a entrar con caras ilusionadas, para elegir la muñeca con el vestido más bonito o el trenecito más veloz.
Todos los años en la misma fecha, una niña pelirroja se asomaba y miraba con detenimiento, a través del cristal polvoriento de una pequeña artesana juguetería salvada de las grandes multitudes y agobios, sus triciclos de madera y sus marionetas sencillas de dos colores.
Apoyaba sus manos gorditas abiertas sobre el cristal y acercaba su carita redonda de mofletes rosados, llegando incluso a entrar en contacto su nariz pequeña, con el frío cristal.
Con los ojos azules bien abiertos, pestañeaba tan solo cuando era necesario con aquellas largas pestañas rojizas, para no perder detalle.
Siempre acudía cada tarde de invierno, vestida con leotardos de color marrón, falda de cuadros y una camiseta de mangas largas que alternaba cada día con un color distinto, escondida debajo del mismo abrigo de lana celeste.
Protegida siempre su cabeza, con un gorro orejero de color gris, a juego con una bufanda del mismo color que le rodeaba 3 veces su cuello, salía de su casa a la misma hora para ver cómo el viejecito dependiente le daba la vuelta al cartel de la puerta para indicar, un día más de la Navidad, que su tienda estaba abierto. Jamás se había atrevido a pasar del umbral de la puerta y hacer sonar las pequeñas campanas doradas, que avisaban de que alguien entraba.
Un año tras otro, el dueño de la juguetería consiguió que aquella dulce cara se le grabara en la memoria. Le gustaba observarla desde su taburete de tres patas, justo detrás del escaparate, desde el cual tallaba sus figuras. Nunca habían cruzado mirada, nunca habían intercambiado palabra…pero ella siempre volvía a la misma austera juguetería, y eso él, lo admiraba.
En unas de las pocas corrientes tardes soleadas del invierno, la niña volvió una vez más a la tienda para volver a mirar tras el cristal. Fue entonces cuando escuchó la campana de la puerta sonar.
Tras el replique, pudo ver al viejo juguetero como se acercaba a ella con una bata blanca, sujetando una muñeca de madera entre sus débiles brazos. Se acercó a ella y extendiéndolos, la dejó caer sobre las manos, cubiertas esta vez por guantes, de la pequeña.
Con los ojos muy abiertos, dirigió la cabeza hacia arriba, lo miró y esbozó una amplia sonrisa que dejaba ver, las dos pequeñas paletas que aun le faltaban por salir.
El anciano, inclinó su cintura para acercarse a la cara de aquel angelito y le dijo:
-         Feliz Navidad princesita.

19 nov 2012

Una especie protegida

Al lado de la barra de madera oscura, con una taza de café aromando mi ropa, me disponía a leer otro de los numerosos artículos que por la carrera que elegí, me obligaban a leer, en la más frecuentada cafetería de todo el campus universitario, cuando un chico que pasaba detrás de mí me empujó con su torpeza e hizo que el café caliente terminará por derretir cada una de las letras de aquellos folios.
Con los ojos como platos apreciando aquel río que terminaba por volver ilegibles mi montón de folios, volví rápido la cabeza y allí lo encontré.
Vestía de deporte, con una sudadera azul marina y pantalón gris. El pelo estaba despeinado y en su mentón pronunciado lucía una barba de varios días.
Nada más mirarle, mis ojos apuntaron directos a un pequeño lunar justo encima de sus labios que lo hacían irresistible.
Pese a la torpeza con la que había llamado mi atención, acepté encantada sus numerosas disculpas y su invitación a otro nuevo café pero disfrutando ahora de su compañía.
No paró de hablarme ni un instante. Parecía nervioso y seguro al mismo tiempo. Como si ya me conociera de antes, no dejó a un lado ningún detalle de su vida. A penas podía hablar…no me quedaba más remedio que terminar por escucharle la infinidad de cosas que le gustaban hacer y los planes de futuro que tenía en su cabeza.
No obstante, era inevitable que por mi cabeza rondara otra pregunta, que ahora no era adecuado preguntar…pero que sin duda era muchísimo más interesante.
¿Tendría novia? No lo parecía, tenía pinta de un chico ligoncete y sin ataduras, queriendo experimentar antes de llegar a enamorarse de una chica y que ya no tuviera ojos para ninguna otra. Aun así su atractivo no dejaba indiferente a cualquiera...quién sabe…
Seguía sacando mis propias conclusiones cuando me tocó el hombro mientras me preguntaba:
-         ¿Cuál me has dicho que era tu nombre?
Gracias a Dios que mis oídos identificaron aquel tono de pregunta y pude salir de aquella nube en la que me había inmerso yo solita, mientras él no paraba de hablar y hablar.
Le conteste aún un poco aturdida y sin poder decirle nada más, se despidió de mi con una amplia sonrisa en su cara y dándonos dos besos en las mejillas.
-         Eres encantadora…me ha gustado mucho hablar contigo. Me apetece verte más…dejemos que el destino decida. Hasta luego Carola.
Sin más se marchó.
¿Perdona?  “Dejemos que el destino decida”. Pero este tío es ¿tonto?
No podía salir de mi asombro. Ya no existían hombres así…románticos.
De esos que se pueden pasar la noche haciéndote un masaje en los pies porque después de una noche fantástica de fiesta, en la que tú, ideal, te calzas unos tacones de 14 cm así como la que no quiere la cosa. O de  esos que te despiertan con el aroma a pan tostado con mermelada  y mantequilla en la cama. De los que son capaces de no quedarse dormidos justo después de una apasionada noche, porque quieren abrazarte entre sus fuertes brazos. Los hombres que te invitan al cine sin tener que pasar por la incómoda situación de a ver quién maldita seas paga la cara entrada. Los que en la primera cita te acompañan hasta casa y en la puerta de dan ese dulce beso de las películas americanas que deja con ganas de más a cualquiera…
Ese tipo de hombres están en peligro de extinción, una especie protegida. Pero aquella frase de despedida, me dejó descolocada y más cautivada aún por sus encantos.
Los días no pudieron pasar de otra forma. Me parecía estar volviéndome loca. Lo buscaba siempre a la misma hora en la misma cafetería.
No sabía realmente en qué podría desembocar aquella conversación que mantuvimos aquella tarde…pero era la curiosidad y las ganas de vivir una típica película de Hollywood, las que me hacía buscarle en no sé dónde y no sé cuándo. La torpeza con la que lo escuche aquel día, preocupándome más por cuántas arrugitas se le formaba en su entrecejo al reírse, que por lo que realmente me contaba, hacían que no tuviera ninguna pista a la que aferrarme y por lo tanto tendría que dejar las cosas en manos del destino…
Empezaba a odiar aquella palabra y aquella idea de que no podría controlar mis propios pasos si aquel destino existía.
Seguía acudiendo a clase aquel largo otoño…ya ni siquiera recordaba aquel misterioso lunar, aquella voz grave que no paró ni un segundo de hablarme, aquel pelo despeinado…se iban olvidando detalles y me iba olvidando de pensar en él y preocuparme por mirar atenta a cada ratito de la vida.
Volvía a casa, un jueves más, andando con mis inseparables cascos de música en mis oídos. Aquel día no quise cambiar de camino, deseaba llegar lo antes posible y darme una ducha de agua caliente para relajar mis músculos, por esa razón había salido de clase un cuarto de hora antes y mi paso era más acelerado de lo habitual.
Inmersa en el ritmo de la música, que me hacía caminar por la acera como si de una pasarela de moda se tratara, tropecé con una loseta sobresaliente que provocó que la modelo perdiera el equilibrio y cayera al suelo delante de todos aquellos flashes.
Avergonzada, miré para todos los lados para asegurarme de que no había testigos de mi gran torpeza y así poder levantarme lo antes posible del suelo. Me sacudí el polvo de la calle que se apoderó de mi pantalón negro por unos instantes, y levanté la mirada hacia el frente cuando ahí estaba él.
Una vez más vestido de deporte. Con la misma barba, el mismo corte de pelo…como si no hubieran pasado los días y estuviéramos en aquella cafetería.
Nerviosa recogí los auriculares del suelo y los guardé en el bolso. No fui capaz de pronunciar palabra…esperé a que él dijera algo después del numerito de la caída.
-         Te veo muy guapa- me dijo con aquella voz que por fin volvía a escuchar- ¿Quieres ir a tomar un café? Esta vez prometo dejarte hablar…la otra vez no paré ni un segundo.
-         La verdad es que me apetece…hace tiempo que no te he vuelto a ver después de tu torpeza con el café.
-         Ya he visto que no soy el único…- se le arrugaba el entrecejo y podía volver a contar las 5 arrugas que se le formaban- ¿Estás bien?
El destino y yo estábamos mejor que nunca.