Solías volverte loca en el coche cada vez que te recogía. Daba igual la hora que fuera, o si era un martes o un sábado.
Te subías, movías la ruleta hacia la derecha para elevar el volumen y ahí yo me perdía mientras cantabas y bailabas sin despegar el culo del asiento.
Cerrabas los ojos, te evadías durante unos minutos del mundo al mismo tiempo que te observaba desde el asiento, siempre con la sonrisa, perplejo.
- Ven a salvarme. -solías escribirme justo antes de ir a por ti.
Yo me creía aquel principe que luchaba contra dragones, para después subir a la torre y sacar de allí a la princesa.
Las canciones se volvieron parte de nuestra rutina, poniendo banda sonora a aquello que teníamos.
No imaginaba un trayecto contigo sin la música, a la vez que no quería imaginar a otra chica de copiloto cualquier otro día de la semana, porque estaba seguro de que no haría playback como tú, ni conseguiría hacer magia como tú.